Las misiones Viking 1 y 2 aterrizaron en la superficie de Marte en 1976 y analizaron las primeras muestras de suelo del planeta. Uno de los tres experimentos de detección de vida, el experimento Labeled Release, produjo una respuesta que indicaba actividad microbiana. Este resultado fue interpretado como una prueba de vida por Gilbert Levin, quien diseñó el experimento. Sin embargo, los otros dos experimentos arrojaron resultados negativos, y el instrumento GCMS no detectó moléculas orgánicas. Por esta razón, la mayoría de los científicos concluyó que no había vida.
Hoy, algunos investigadores argumentan que estos resultados fueron mal interpretados. Científicos como Steven Benner señalan que rechazar la vida basándose en la ausencia de moléculas orgánicas detectadas por el GCMS es un error. Además, como en los experimentos no se utilizó gas hidrógeno, es posible que algunos compuestos que ciertos microbios podrían usar como fuente de energía no hayan sido probados. Benner afirma que los datos de Viking en realidad muestran la presencia de microbios autotróficos.
La conservación de los datos de Viking también adquiere importancia. Organizaciones como el Viking Mars Missions Education and Preservation Project enfatizan que estos datos son una referencia crítica para misiones futuras. Además, el riesgo de que microbios locales recientemente descubiertos sean transportados a Marte complica aún más los esfuerzos por encontrar vida. Los datos de Viking podrían ayudar en futuras exploraciones a distinguir si cualquier vida encontrada en Marte es nativa o de origen terrestre.
