Las investigaciones tradicionales de SETI se centraban en un estrecho rango de frecuencias de radio conocido como el 'agujero de agua', ubicado entre las emisiones naturales del hidrógeno y el hidroxilo. Se suponía que una civilización avanzada elegiría este rango como canal de comunicación debido a su conexión con los componentes básicos del agua. Sin embargo, un nuevo estudio sugiere que estas frecuencias ya no se utilizan y que las señales deben buscarse en frecuencias más altas.
La investigadora de doctorado Louisa Mason examinó los datos del archivo de la Atacama Large Millimeter/submillimeter Array (ALMA) en Chile, buscando señales de radio estrechas y agudas que no pudieran originarse en procesos naturales. Estos datos se habían recopilado originalmente para otros objetivos astronómicos. Mason analizó solo dos pequeñas ventanas de frecuencia dentro de estos datos y no detectó ninguna señal artificial, pero demostró la viabilidad del método.
El aporte más importante del estudio fue reevaluar con mayor precisión el concepto de 'residuos estelares' en las observaciones. Mason utilizó el modelo Besançon, que simula la distribución estelar de la Vía Láctea, y mostró que, en lugar de los 288.000 estrellas que las investigaciones anteriores afirmaban haber observado, en realidad se habían encontrado 6,1 millones de estrellas en los datos. Esto revela que los conjuntos de datos actuales poseen un potencial mucho mayor del que se había reconocido.
