El calor extremo en la región de Kyushu, Japón, después del terremoto dificultó el trabajo de los equipos de rescate. Tras el sismo, que dejó 38 muertos y miles de personas sin hogar, las temperaturas diarias alcanzaron los 40°C. Esta situación aumentó el riesgo de deshidratación, golpes de calor y falta de sombra en los albergues que alojan a más de 7.000 personas.
El calor extremo también afectó las operaciones de rescate. Las tareas físicamente exigentes se volvieron aún más difíciles debido a las altas temperaturas, lo que redujo el rendimiento de los equipos de rescate y requirió pausas más frecuentes.
El calor extremo después del terremoto también afectó los suministros básicos como el agua y la electricidad. Los cortes en el suministro de agua y los apagones limitaron el acceso a equipos de refrigeración. Esto creó una segunda emergencia, dificultando aún más las operaciones de rescate posteriores al terremoto.
