Aunque se cree que hacer ejercicio contribuye directamente a una gran pérdida de peso, los estudios científicos no respaldan esta afirmación. El cuerpo puede aumentar el apetito con mayor actividad física o reducir otros movimientos diarios para equilibrar el gasto energético. Además, con el ejercicio regular, el cuerpo aprende a realizar los mismos movimientos con menos energía. Esta es una adaptación que históricamente ayudó a los humanos a sobrevivir períodos de hambre, pero que hoy dificulta la pérdida de peso.

Después de perder peso, el papel del ejercicio se vuelve mucho más evidente. La pérdida de peso reduce el gasto energético en reposo, lo que puede llevar a un aumento de peso. El ejercicio, especialmente el de resistencia, ayuda a mantener la masa muscular, compensando parcialmente esta caída. Los músculos consumen más energía incluso en reposo, lo que apoya el metabolismo y reduce el riesgo de recuperar el peso.

Además, el ejercicio aumenta la quema de grasa, mejora la sensibilidad a la insulina, reduce el estrés y mejora la calidad del sueño. Estos efectos regulan el control del hambre y el almacenamiento de grasa, asegurando que la pérdida de peso sea duradera. Los ejercicios aeróbicos aumentan el gasto calórico, mientras que los ejercicios de resistencia son fundamentales para preservar la masa muscular. Aunque el ejercicio no es la herramienta más potente para perder peso, es indispensable para la salud a largo plazo y el control del peso.