Durante la ola de calor de finales de mayo, en el barrio de Garrido de Salamanca, se colocó una piscina portátil con capacidad de 2 metros cúbicos (aproximadamente 2.000 litros) en el patio de luces común de un edificio de cuatro plantas construido en 1967, situado en la calle Camelias.

La piscina, junto con el agua, la bomba de filtrado y los accesorios, pesaba unos 2.100 kilogramos, lo que generaba una presión superior a 500 kilogramos por metro cuadrado, superando el límite estructural de unos 200 kg/m² establecido por el Código Técnico de la Edificación (CTE) para la losa sobre los garajes de las plantas bajas.

Tras las quejas de los vecinos, el ayuntamiento intervino, pero no logró determinar quién era el propietario de la piscina.