J.R.R. Tolkien, en una carta escrita en abril de 1944 a su hijo Christopher, que recibía entrenamiento de piloto en Sudáfrica, definió la destrucción material y moral causada por la Segunda Guerra Mundial como un "terrible desperdicio". El autor expresó la desesperanza universal de la guerra afirmando que, si el dolor fuera visible, "casi todo el planeta estaría envuelto en una densa niebla".
Dentro de este cuadro oscuro, Tolkien reconoció que el mal es poderoso y puede prevalecer en múltiples ocasiones, pero anotó que siempre "prepara el terreno para algo bueno".
