El estrés severo en la infancia puede dejar efectos que aparecen años después, aumentando la vulnerabilidad a la ansiedad, la depresión y otros trastornos del estado de ánimo cuando surgen nuevos desafíos en la edad adulta. Investigadores de la Washington University School of Medicine y la Princeton University han identificado un proceso biológico que explica cómo el trauma temprano puede dejar una huella tan duradera en el cerebro.

El estudio en ratones atribuye estos cambios a la forma en que el ADN se empaqueta dentro de las células cerebrales. Este empaquetamiento modificado permite que los genes relacionados con la respuesta al estrés se activen más fácilmente, lo que podría reducir la tolerancia del cerebro al estrés futuro. El estudio fue publicado en la revista Neuron.

Meaghan Creed, PhD, señaló que este hallazgo revela un nuevo proceso biológico que vincula las dificultades tempranas con una mayor vulnerabilidad a los trastornos mentales a largo plazo, proporcionando a los científicos un objetivo biológico concreto para desarrollar nuevos tratamientos e intervenciones.