El pueblo de Llafranc, en la Costa Brava, con su cala protegida, casas blancas y faro histórico, fue en su día una tranquila aldea de pescadores; hoy, el intenso flujo turístico ha desplazado el comercio local en favor de hoteles, restaurantes y segundas residencias. Esta transformación ha reducido considerablemente las opciones de pernocta y aparcamiento para los propietarios de autocaravanas, haciendo imposible la improvisación.