Hace 800 millones de años, el gran asteroide Eulalia, ubicado en el cinturón principal entre Marte y Júpiter, se fragmentó tras una colisión. Este evento envió millones de fragmentos hacia la región de resonancia gravitacional 3:1 de Júpiter, que actúa como una vía de transición que desvía asteroides hacia el Sistema Solar interior.

Algunos de estos fragmentos llegaron inmediatamente a los planetas interiores, mientras que otros fueron desplazados lentamente durante cientos de millones de años por efectos térmicos conocidos como el efecto Yarkovsky. El aumento en la densidad de cráteres en la Luna durante este período se considera evidencia de este fenómeno. La Luna conserva mejor sus antiguas huellas de impacto debido a la ausencia de actividad tectónica y erosión.

La Tierra y Marte probablemente sufrieron aún más impactos. La mayor masa y gravedad de la Tierra permiten que aproximadamente veinte veces más objetos colisionen con ella que con la Luna. Aunque aún no se ha demostrado una conexión entre estos impactos y el enfriamiento climático o los cambios biológicos de la época, los investigadores consideran esta posibilidad seriamente. En Marte, se sospecha que estos impactos pudieron haber desencadenado actividad volcánica.