La propulsión con antimateria en viajes espaciales es un enfoque teórico que busca aprovechar la energía de la aniquilación materia-antimateria para alcanzar fracciones significativas de la velocidad de la luz. Este concepto se basa en el descubrimiento de la antimateria, iniciado con las ecuaciones relativistas del electrón de Paul Dirac en 1928. En 1932, Carl Anderson descubrió los positrones y en 1955 se confirmó la existencia de los antiprotones, sentando las bases para las investigaciones sobre antimateria.
Existen tres categorías principales de propulsión con antimateria: Cohetes de Haz-Núcleo, Cohetes Térmicos y Sistemas de Microfisión-Fusión Catalizada por Antimateria (ACMF). Los Cohetes de Haz-Núcleo utilizan piones cargados o fotones de alta energía generados por la aniquilación materia-antimateria, enfocados magnéticamente para crear propulsión. Los Cohetes Térmicos emplean fluidos de trabajo convencionales supercalentados por la aniquilación materia-antimateria. Los sistemas ACMF, por su parte, desencadenan reacciones de fusión nuclear con pequeñas cantidades de antimateria.
El mayor obstáculo para la propulsión con antimateria es el alto costo de producción y las dificultades de almacenamiento. Con la tecnología actual, producir 1 gramo de antimateria cuesta 62,5 billones de dólares, lo que supera la mitad del PIB mundial. Además, los sistemas necesarios para almacenar antimateria están más allá de nuestras capacidades actuales.
