Los romanos determinaban la ruta de sus acueductos con instrumentos precisos —libra y dioptra— que aseguraban que el agua fluía desde la fuente hasta la ciudad con una ligera inclinación. Gracias a estos métodos de medición, podían construirse estructuras que se extendían por kilómetros con una pendiente constante.
El concreto romano, una mezcla de pozolana, cal y agua, ofrecía un material mucho más duradero que el concreto moderno al entrar en contacto con el agua; esto jugó un papel crítico en que los acueductos permanecieran en pie durante milenios.
El mantenimiento regular y la elección de rutas geológicamente estables también permitieron que las estructuras perduraran desde la Antigüedad e incluso hasta la actualidad; por ejemplo, el Aqua Virgo, construido en el año 19 a.C., sigue llevando agua a Roma.
