Se determinó que las escaseces de alimentos en la antigua Roma se originaron no por el clima, sino por la dificultad de hacer llegar el grano a la capital. Los investigadores, al comparar cientos de años de registros históricos y reconstrucciones climáticas pasadas, descubrieron que las temperaturas inusuales, el frío, la sequía o las lluvias intensas rara vez coincidían con las escaseces de alimentos.
La amplia red comercial de Roma había creado un sistema resistente al clima, capaz de absorber los fracasos en las cosechas locales. Sin embargo, cuando el sistema de suministro de grano del Imperio comenzó a desintegrarse, el impacto del clima se hizo más evidente.
La investigación subrayó que la seguridad alimentaria dependía más de la capacidad de transportar alimentos a donde se necesitaban que de la producción de alimentos. La complejidad del sistema logístico de Roma dependía de la estabilidad política, la infraestructura funcional y la coordinación efectiva.
