En 2012, los ingenieros de Boeing enfrentaron un problema logístico enorme al intentar probar la distribución del Wi-Fi en vuelos comerciales: el cuerpo humano, por su alto contenido de agua, absorbe y refleja las ondas electromagnéticas, lo que genera variaciones significativas en la intensidad del señal según la posición de los asientos y el movimiento de los pasajeros.
Probar con pasajeros reales requería semanas, era costoso y difícil de repetir debido a la movilidad de los viajeros.
Los ingenieros buscaron un material que imitara las propiedades dieléctricas del cuerpo humano y descubrieron que las patatas, con un contenido de agua del 80 por ciento, podían cumplir ese papel.
