En ciudades como Londres y París, la mezcla de lámparas de gas tradicionales y luces LED modernas revela la naturaleza compleja de la contaminación lumínica nocturna. Las LED ofrecen grandes ventajas en eficiencia energética y longevidad, pero la mayoría de las ciudades utilizan esta tecnología únicamente para reemplazar las fuentes de luz antiguas, aumentando así la cantidad de luz y empeorando la contaminación lumínica. La emisión excesiva y desorientada de luz confunde la percepción de seguridad, interfiere con la visión de los ojos y los sensores de cámaras, y crea más sombras en la oscuridad.

El mayor potencial de las LED radica en su capacidad para controlarse digitalmente en términos de color, intensidad y horario. Por ejemplo, las lámparas de calle podrían transformar su luz blanca fría en amarillo cálido a medida que avanza la noche, apagarse durante las migraciones de aves o ajustar su intensidad según el tráfico. Sin embargo, la mayoría de estas funciones aún no se han generalizado debido a costos. Protocolos digitales como DALI permiten que cada lámpara se comunique con un sistema central, reduciendo significativamente los costos de mantenimiento.

La luz rica en azul, especialmente las LED en el rango de 4000-6500 K, se dispersa en la atmósfera y causa el fenómeno conocido como glow del cielo (sky glow). Esta luz afecta negativamente la producción de melatonina, contribuyendo a trastornos del sueño y enfermedades crónicas. Algunas ciudades (como Phoenix) han comenzado a utilizar LED con colores más cálidos, como 2700 K. Sin embargo, el problema principal no es técnico, sino conceptual: se cree erróneamente que más luz equivale a más seguridad, en lugar de reducir la contaminación lumínica.