Un equipo liderado por Caren Cooper de la Universidad Estatal de Carolina del Norte (NC State) recopiló datos del proyecto Sound Around Town, que involucró a más de 1000 científicos ciudadanos. Los participantes grabaron los sonidos que escuchaban afuera de sus hogares durante 10 minutos y los clasificaron como biofónicos (como el canto de los pájaros), antropofónicos (como autos o máquinas) o geofónicos (como el viento o la lluvia). Luego, evaluaron cada sonido con una puntuación de placer de 1 a 7 y completaron una encuesta para medir su apego al lugar.

Los sonidos biofónicos obtuvieron la puntuación de placer más alta y mostraron la relación más fuerte con el apego al lugar. Los sonidos antropofónicos (como autos o máquinas) fueron los menos placenteros, mientras que los geofónicos obtuvieron una puntuación intermedia. Además, se observó que la longitud de onda del sonido, junto con su intensidad, afectaba la percepción de placer; por ejemplo, el canto de un pájaro cercano y fuerte puede ser agradable, mientras que un secador de pelo a la misma distancia y volumen puede resultar desagradable.

Los investigadores destacan que la contaminación acústica debe evaluarse no solo con instrumentos de medición, sino también con la percepción humana; por lo tanto, se sugieren barreras físicas (como las que se colocan cerca de las carreteras) o regulaciones locales para gestionar el sonido.